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TOMÁS SIVERA VALLÉS

Tomás Sivera, creador plástico bidimensional comprometido consigo mismo y con sus coetáneos, refleja en su trabajo una preocupación y ocupación del ser humano en el contexto socio-político-cultural-económico, el cual, está presente en todas sus pinturas y que son un punto de inflexión en torno a lo que somos, quiénes somos, por qué, para qué… esas grandes cuestiones de la humanidad, que casi nunca o nunca tiene respuesta, solo se queda con su reflejo e impresión, son veladuras del ser humano, que mediante el uso del negro en las sombras que proyecta ese ser hace que la figura no sea detallista y no distraiga la intención del espectador, así como enfatizar conceptos semánticos como la ausencia y la presencia del ser, y la necesidad de éste del estar. Sombras que cambian de volumen, de forma y que por sí mismas, adquieren el estatus de ser humano, desde dentro hacia fuera, exteriorizando sus sentimientos y la intencionalidad expresiva de Tomás en su obra.

Pintor humanista que con sus obras busca la libertad del ser humano, que éste se encuentre a sí mismo y en su contexto. Utilizando una paleta reducida, pero rica cuando esta se traslada al lienzo, como un pintor primitivo, o mejor dicho, prehistórico, utiliza el rojo y el negro que predominan en sus composiciones, los otros colores están condicionados y complementan a estos base. La representación de las sombras es porque hay alguien que las provoca, pero sin detalles, transparencias y veladuras reflexivas que esconde el afán de la representación y sobre todo, hacer pensar al espectador.


Moisés Gil
Prof. Dep. Escultura de la U.P .V.

NEGRO DE HUMO

En los cuadros de Tomás Sivera se superpone una mancha oscura a una superficie pulida, el dibujo a la pintura: Sus fondos son papeles o maderas que el pintor ha manchado repetidamente con la intención de conseguir frágiles materias planas o rugosas que luego las sucesivas capas de barnices enfrían y protegen como lo haría un cristal brillante. Los dibujos superpuestos están realizados con una técnica tan antigua como el negro de humo. En las cavernas los antepasados de los artistas retrataban sus tótems cinegéticos con esa misma técnica, utilizando teas apagadas para los perfiles y encendidas para las sombras.

Tomás Sivera no es el único artista actual que usa ese método. Entre otros, y por solo citar casos cercanos el checo que acabo español Jiri Dokoupil ha pintado a veces con velas apagadas o encendidas y el madrileño José María Sicilia ha utilizado un recurso semejante sobre superficies cerúleas, una redundancia naturalista sobre la técnica de nuestra época. Los dos buscaban efectos parecidos a los que Sivera busca en sus cuadros.

El caso es que Tomás Sivera aislado y casi sin referencias en su Xàbia natal, sin pensar en que hace Dokoupil o Sicilia, sin siquiera conocer ni de cerca ni de lejos lo que hacen los pintores que muestran las galerías de postín. Es Sivera pintor autodidacta, como se decía antes, sin mas relación con la academia que lo que aprendió de un pintor de oficio de los de antes, Juan Segarra Llamas. Lo demás es suyo : horas y horas de experimentación casi a solas.

¿Por qué misteriosos vericuetos ha llegado la contemporaneidad al taller de un autodidacta que tiene que robar horas al sueño para pintar? El misterio, la ambigüedad, la reducción minimalista y la mención del tiempo se encuentran en sus cuadros con la misma fuerza con la que se encuentran en la de otros artistas con muchos más recursos e información. Además, Tomás Sivera les gana en modestia y falta de pretensiones, lo que no es poco para un artista aislado del que cabe esperar más.


Horacio Fernandez

TEATRINI

Hace Tiempo que Tomás Sivera da vueltas por las artes. Y da vueltas porque no es el suyo un ir en línea recta, como si ya supieses de antemano lo que va a encontrar. Antes al contario, es el suyo un trabajo real, donde el proceso de pintar no es mera traducción de lo que, de antemano, se sabe. De hecho, he dicho “pintar” pero Tomás Sivera no solo ha elegido la pintura, también la escultura le tienta y ahí está su obra Astes al vent, de camino al puerto de Xàbia, como muestra patente de ello. Un tronco pintado, instalado junto a la iglesia en el ámbito de la cuarta edición de LLocs Lluires (1994)- sin lugar a dudas el certamen de mayor interés de los que se realizan en la Marina Alta- también atestigua su talante plural, no reductivo.

La serie que en esta ocasión presenta resulta ser un eco de aquella estupenda exposición, Negre de Fum, que presentó en el Espai d'Art a. Lambert de Xàbia en 1995. En aquella ocasión, dibujos realizados con el carbón que deja tras de sí el humo de una llama flotaban sobre un fondo pictórico, lechoso, como lavado o arañado por la usura del tiempo.

Ahora los fondos, de aquella estirpe, son coloreados, alegres, aunque no exentos por ello de esa apariencia de superficie gastada, equivoca, donde paradójicamente, la pintura aparece como despojamiento. En ellos, una bailarina, unas marionetas, un carrito de cuentos y otros delicados dibujos, diríanse elementos de una de esas narraciones cuyo origen se pierde en la confusión de los tiempos remotos o en el presente intemporal de los sueños. Sueños amables o, en todo caso, ensoñaciones livianas de las que flotan a nuestro alrededor cuando abandonados al descanso, a la lectura…

No hay en estos cuadros nada grandilocuente, ni voluntad de establecer grandes verdades, tampoco desgarros artificiosos, aspectos todos ellos tan al uso en el arte que se pretende actual. Sólo lienzos, al modo de precarios teatrini que nos devuelven, fijada, la experiencia neta del placer de pintar.


Nicolás Sánchez Durá